En 1928 Fleming descubrió la capacidad del hongo Penicillium de producir una sustancia que mataba a las bacterias y que bautizó con el nombre de penicilina. Sin embargo, la capacidad antimicrobiana de dicho compuesto parecía estar destinada a convertirse en una nota al pie de página de los libros de microbiología, pues su purificación era un proceso laborioso y extremadamente caro. De hecho, el propio Fleming abandonó dicha línea de investigación. El testigo lo retomó el científico australiano Howard Florey, junto con sus colegas Ernst Boris Chain (*) y Norman Heatley.
Lo siguiente que realizaron fue determinar en que rango de pH era estable la penicilina. Se encontraron con que era activa entre valores de pH de 5 a 8. Más ácido o más alcalino y el compuesto precipitaba. Pero Heatley encontró que era posible reactivar gran parte de la penicilina si el pH volvía a ser neutro. Esta observación les permitió desarrollar una primera etapa de concentración y es la base del proceso actual de purificación de penicilina. Las soluciones conteniendo penicilina se acidificaban, lo que producía una precipitación de la sustancia. Luego eran redisueltas en una solución a menor volumen a pH neutro. Mediante una posterior liofilización, obtenían un polvillo blanco con capacidad antimicrobiana.
El 25 de mayo de 1940, un día antes de la evacuación de Dunkerke, Florey realizó el experimento que demostró que la penicilina podía ser un poderoso agente terapéutico. A las 11 de la mañana, inoculó a ocho ratones una dosis letal de un cultivo de Streptococcus haemolyticus (ahora lo conocemos por S. pyogenes). Cuatro de ellos fueron tratados con penicilina, los otros con suero fisiológico como control. Heatley, era el más joven del grupo (el becario, vamos), así que le tocó seguir el experimento por la noche. A las 3:45 de la madrugada, tras 16 horas y media, Heatley encontró que los cuatro ratones control habían muerto, mientras que los otros cuatro se mantenían sanos. El 24 de agosto de ese año, en plena Batalla de Inglaterra, apareció un artículo en Lancet describiendo dicho experimento.
El grupo comprendió que debía probar la penicilina en seres humanos. Claro que un ser humano es 3.000 veces más grande que un ratón. Ahora el problema era ¿Cómo conseguir suficiente caldo conteniendo penicilina? La solución se basó en una experiencia previa. Durante la Primera Guerra Mundial se desarrolló la técnica de cultivo en superficie para el moho Aspergillus niger para producir ácido cítrico. Así que se hizo lo mismo para Penicillium. Pero al estar en tiempos de guerra había racionamiento de materiales por lo que no podían encontrar recipientes de un material adecuado que aguantara un proceso de esterilización. Hatley encontró la solución. Uso cuñas urinarias de cerámica pues no había escasez de ellas debido a la guerra (posteriormente modificó el diseño). Las cuñas se llenaba con un caldo de cultivo y se inoculaba el hongo. Éste crecía en la superficie de dicho caldo y la penicilina se iba acumulando en el medio. Desgraciadamente, la penicilina no se producía en las mismas cantidades que las del ácido cítrico. Las cantidades obtenidas eran mínimas. En febrero de 1941, mientras el general Rommel ponía el pie en África, se realizó el primer tratamiento de un ser humano con penicilina. Para ello se utilizó todo el stock que existía Reino Unido, y éste era de menos de medio gramo pobremente purificado, (una cantidad normal en cualquier píldora actual). La penicilina que se le inyectó al paciente se volvía a purificar de la orina para volver a ser reutilizada. A pesar de todos esos esfuerzos, el paciente murió un mes después tras ser agotado todo el medicamento disponible. Aún quedaba un largo camino por recorrer.
(*) Ernst Boris Chain era un químico alemán de origen judío que abandonó su país en 1933, año en el que Hitler llegó al poder. Fue uno de los muchos científicos que abandonaron la Alemania nazi y que se fueron a trabajar a los países aliados. Por ello son conocidos como "El regalo de Hitler".










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